top of page
Buscar
  • Foto del escritorCris Orbe Arcos

Nunca pierdes, siempre aprendes.

Hace años, una lección sobre el bambú japonés cambió por completo mi forma de pensar. No fue hasta que vi esa enseñanza reflejada en la experiencia de mi madre, cuando realmente la entendí.


El bambú japonés, un símbolo de resiliencia y paciencia, permanece bajo tierra durante los primeros siete años de su vida. Al séptimo año, su tallo finalmente sale de la tierra y, en solo seis semanas, puede crecer hasta alcanzar los 30 metros de altura. Este proceso, aparentemente invisible durante tanto tiempo, es la clave de su impresionante crecimiento.


Mi madre, una apasionada de las plantas, es la protagonista de esta valiosa lección. Aunque no es una experta en agricultura, comprende que cada plantita de nuestro pequeño balcón necesita una buena semilla, buen abono, riego constante y, sobre todo, mucha paciencia.


Hace unos meses, mi hermana y yo le regalamos su primera orquídea, una planta hermosa que florece solo una vez al año si se cuida adecuadamente. Desde entonces, he visto su dedicación. Horas investigando sobre los cuidados específicos para las orquídeas, la he visto buscar la maceta perfecta, elegir un sustrato poroso para que las raíces respiren y encontrar el lugar ideal con la cantidad justa de sol y sombra.

La he visto horas limpiar con delicadeza las hojas, regar la planta, cambiar su ubicación para asegurar la cantidad adecuada de sol y llevarla a su habitación durante las noches frías por este invierno que se aproxima. Incluso la he escuchado hablar cariñosamente con la planta mientras examina su tallo para garantizar su salud. Todo esto para que dé solo una flor en todo el año.


Fue entonces cuando entendí profundamente que el triunfo no es más que un proceso aparentemente invisible que requiere tiempo, dedicación y amor.

Nuestro cerebro, en su constante búsqueda de placer y evitación del dolor, clasifica las experiencias en estas dos categorías. Recordamos el dolor de tocar una plancha caliente de la infancia, aprendiendo así a evitarlo. Pero, ¿qué sucede cuando enfrentamos desafíos en nuestra vida adulta, como deportistas que entrenan para ganar y experimentan derrotas en la competencia?


A menudo, nuestro cerebro tiende a clasificar estas experiencias como dolor en lugar de placer. La clave está en cambiar nuestra perspectiva: no perdemos, siempre aprendemos. Entrenamos no solo para ganar una competencia específica, sino para ser un poco mejores cada día. La competencia se convierte en un parámetro para extraer nuevas conclusiones y mejorar constantemente.


Un buen amigo, medallista de uno de los eventos más importantes del continente, me dijo: “La diferencia entre el yo del año pasado y este, está en los pequeños detalles, esos detalles que no se ven”. El proceso de triunfo es invisible, como el crecimiento del bambú japonés bajo tierra. La paciencia, la dedicación en los pequeños detalles y el amor que invertimos en nuestro camino, son las raíces que nos permiten alcanzar alturas impresionantes.


Nunca pierdes, siempre aprendes.




34 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page